lunes, 16 de febrero de 2009

Extraño idilio


En ese minuto te miré a través de un cristal rojizo. Tu rostro era algo difuso...y mientras me hablas me detengo en cada curva que forman tus labios.
El viejo libro sobre la mesa...se quedó a medias nuestra lectura, así solía ser siempre. Cada vez que decía algo recordábamos algún gracioso evento que había ocurrido hace poco. Me reclinaba sobre tu hombro y me dedicaba a observar las nubes, como si en ello se me fuese la vida; y en realidad, así era un poco.
Las copas aún están medio llenas. Fue el vino que casi recién abriste...hace un minuto celebrábamos algo y ya no sé qué era, de cualquier forma ya no hay ánimo para ello.
Te quedaste ahí, en el umbral de la puerta con una mirada acusadora...representando el papel que, se supone, era el mío.
Te miré sin que me importara...estabas ahí, y era igual que si no lo hubieses estado.
Solté una carcajada sin razón alguna. Diste la media vuelta y saliste sin hacer ruido

Tête-à-tête


Me pregunto en dónde quedó nuestra vieja camaradería de tiempos pasados; y mientras intento indagar en ello te veo ir y venir por la sala: con ese aire arrogante que a veces sueles tener, con aquella sonrisa triunfante al hablarme sobre alguna conquista pasajera.
Tus dedos hojean el libro que hace poco abandoné sobre la mesa. Recuerdo cuando en otros tiempos hacías más que eso; te sentabas y leías todas las torpezas que salían de mi pluma, de alguna manera, ya no extraño esos gestos. Tal vez solo hemos cambiado; tal vez nos hemos convertido en seres demasiado diferentes, y quizás hasta un poco incompatibles.
Tu timbre es el mismo, al igual que tu rostro, pero ya no logro reconocerme ni a mí mismo, menos aún a quien ha desaparecido frente a mis propios ojos.

Alea jacta est


Lo hemos deseado tantas veces que ya no sé si aún sea factible...
tú, irritada me miras desde tu lado de la sala
mientras yo me atormento,
te miro sin que me importes
y me siento con el viejo cuaderno sobre la mesa
redactando los malditos versos que
se me han quedado a medias una vez más.

Con enojo me preguntas sobre algo que escribí,
y más que una pregunta, lo tomas por certeza...
contengo mis ganas de intentar devolverte un estoque
y entre mi callada cólera solo encajo letras logrando
una explicación insípida...
una que ya no te concierne, pienso.

Sigues aquí...y sé que algún día deberemos hablar de todo esto,
y me odio al saber que siempre he sido mejor con las letras
que con las palabras...
me odio al saber que la ventaja está a tu favor...
me odio al pensar en aquella discusión casi previsible,
me odio por saber que terminará mal;
no por ti,
no por mí,
sino por saber que en realidad me he quedado con todas
las palabras a flor de labios.

Miro de reojo...
y finalmente mi vista se fija en el suelo,
como suelo hacerlo siempre.
Te escucho;
estás molesta,
alzas la voz,
me llamas por mi nombre de pila
y me inquieres por no sé qué,
¿porqué no estuve?
¿porqué dije aquello?
¿porqué no hice esto otro?
¿porqué...?
Y entonces te apresuras a decir mil cosas en solo minutos,
creyendo que yo también diría eso y lista para el:
“tú tampoco”...
Pero no.

Te miro y quisiera decirlo...
No, en realidad no sé porqué no estuve,
porqué lo dije o porqué no hice aquello,
pero sé que yo no puedo culparte de lo mismo,
simplemente porque no lo necesitaba,
porque dejaste de ser imprescindible hace mucho,
porque en realidad me cerré a todos
y ya no me importó.
Porque no lo necesité, simplemente.

Y la discusión se ha tornado un monólogo...
te veo hacer gestos con las manos,
alzar cada vez más la voz...
entonces sé que vienen las lágrimas.

Sigo oyéndote...
y no comprendo tu esfuerzo,
si sabemos que se acabó,
si sabemos que no hay segundas oportunidades,
si sabemos que está muerto,
si sabemos que la suerte ya está echada,
y que la hemos forjado nosotros mismos.

Sometimes it's faded


Ya nada sería lo mismo, lo tenías claro al mirarme a los ojos y hacerme esa propuesta. Mucho tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos; sin embrago, puedo recordarte claramente besando el piso, mientras yo te observaba sentada en la misma silla...el tiempo pasaba, y sin embargo nos íbamos quedando, nos íbamos diluyendo lentamente...nos autodestruíamos sin consideraciones.
Tu mano en mi rodilla una vez más...así solía ser, ¿lo recuerdas? Nos perdíamos por las calles sin rumbo fijo luego de algún festejo ocasional con botellas de whisky y ginebra entre las manos. Tus ojos lúcidos, con la mirada perdida y nublada...te conducía a tu cuarto cada noche...y nos quedábamos...
Mis manos sobre tu pecho, y sin embargo, ya no logro sentirte. Mi piel roza la tuya, pero no...mis ojos fijos en las llamas más que en ti, y me pareces más que nada, otro juego inútil de mi miserable vida.
¿No creíste que acabaría así, cierto?...el cabello varios centímetros más corto, y con cero versos escritos en el viejo cuaderno que un día me obsequiaste con la intención de que me convirtiera en la mejor...la tinta aún está fresca en el viejo tintero, pero simplemente, ya no hubo más que decir o inventar...ya no hubo más que vivir.
¿Cuántas veces quisiste lo mismo?...y cientos de veces me negué rotundamente; aún cuando sentía tus manos sobre mi piel y tu aliento cerca de mi cuello...pero jamás quisiste comprender, y siempre regresabas a intentarlo, y siempre te dije lo mismo...pero no esta vez.
Y ya no habrá más llamadas vespertinas...ni peticiones...tú, conseguiste finalmente lo que querías, y yo, a mi modo, también.

Un extraño sueño...


De pronto me vi dentro del baño de aquel liceo, pero era tan distinto, y sin embargo sabía que era el mismo lugar. Estaba en el fondo del pasillo cuando de pronto una puerta se abrió y una chica completamente desconocida para mí salió corriendo y riendo.
Mi mejor amiga se acerca a mí, me dice que algo que a penas le oigo, porque en ese instante llega hasta mí una voz que se me hace conocida. Musité tu nombre en un susurro imperceptible. No podías ser tú...
Avancé lentamente por aquel estrecho y oscuro pasillo; mi mano recorre las puertas blancas como queriendo hacerme comprender que aquello es “real”, que es verdad, que no es uno más de aquellos delirantes sueños de horas y días ya pasados...
Me detengo de pronto...oigo tu risa clara. Pasmado veo esos rojos tacones avanzando por las blancas baldosas del piso. Tu cabello dorado cae suelto sobre tu playera azul mientras tu falda se mueve de un lado al otro mientras te veo correr lentamente hacia el espejo.
Pones un poco de rouge rojo en tus labios. Tus párpados oscuros...veo tu rostro reflejado en aquel espejo. Sales de pronto.
Me quedo parado sin saber qué hacer. Mis labios entre abiertos como si quisieses llamarte...como si estuviesen a punto de decir lo que no te dijeron jamás.
Entonces mis recuerdos son diáfanos y luego me veo caminando por un pasillo mientras mi amiga me guía jalándome del brazo, muy risueña y contenta. Yo me dejo llevar sin más; sin una explicación, sin una oposición, sin una sola palabra.
Atravesamos el patio y llegamos a un salón un tanto vacío, pero lentamente se va llenando. Era una fiesta...
No recuerdo nada. Solo que todo aquello acabó y que la gente empezó a irse, y que entonces te vi. Estabas sentada sobre una banca conversando animadamente con una chica que se te parecía mucho. Sostenías un vaso plástico en tu mano.
Entonces me tomaron por el brazo una vez más para que nos marcháramos. Parecía que ya era algo tarde.
Nos acercábamos a ti lentamente. Entonces con una torpe disculpa logré soltarme y me paré frente a ti sonriente:
Te miré...me miraste sonriendo...y sin embargo, no lograste reconocerme.

Instrucciones para dar cuerda a un reloj (Julio Cortázar)


Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo, sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Intitulado (The Ashtray Girl)


Una vez
una vez estuvo aquí
caí en su trampa de melancolía
me dejé llevar por su belleza
incauta
la quiero para mí.

Sin sus movimientos dóciles
Sin la seda entre sus cabellos
Sin su rostro con residuos de maquillaje.

Quisiera caer
para que sus manos me recogiesen
quisiera detenerme
para que ella me observara una vez más con sus ojos serenos.

Sus pies ya no tocan el suelo
los míos siguen aquí
solos
transitorios
creería que su muerte no fue cuando se cerraron las cortinas
cuando cubrieron el espejo con una sábana
cuando el reloj se detuvo en una hora exacta.

Una calendario sin días
Una vida sin ella
Se detuvo
se detuvo todo aquello que alguna vez pudo verla.

Con pisadas suyas en la arena
dignas de alabar
indelebles a los efectos del tiempo y el viento
siguen perpetuas
una mezcla entre quererla y el no dejar que se vaya de aquí.

Los árboles nunca más volvieron a hacer su clásico sonido al pasar el
viento
nunca más volví a ver el sol entre ellos
recordando el verano
nunca más volví a ver a los niños comiendo helado
nunca más
y así ella dejó su huella perenne aquí.

Como una fotografía
su lado de la cama permanece tibio
y quisiera verla entrando ataviada de un día común por la puerta
como siempre me la imagino
como la mujer de mis sueños.

Las murallas hablan entre sí
me atormentan
quieren verme saltar por la ventana
transpirar los vidrios
y entre uno que otro pasar de lado a lado en la habitación
y la veo en el espejo
ella se esconde de mí
la criatura sin color
enterraba sus uñas en mi piel
comía de mis labios
y yo perecía
creyéndome absuelta en ella.

Sin tantos pesares
seguía en la rutina
y ella como si nada.

Cubrí el espejo de nuevo
me senté en el piso
para olvidar todo
dejarla ir de una vez.

Enfermándome de la suicida
que no me deja en paz.

Las luces se apagan
la marea es alta a estas horas
y un sin número de estrellas tiritan a lo lejos
me hablan con su voz.

Se terminó el libro
dejé inconcluso ese capítulo
para que tú en tus espacios con la compañía del suave viento que te
mece
lo sigas escribiendo
y encontrarlo un día
y antes de leerlo
me abraces por la espalda
te cuelgues de mi cuello
hasta ese día que todo en mí también se acabe
y me lleves a descansar junto a tí en tu frío lecho.